España se divide en dos mitades: la chusma, esos nazis que ladran su rencor por las esquinas, y los españoles de
bien. "Nuestros votantes dejan de comer antes de no pagar la hipoteca",
dijo María Dolores de Cospedal en una intervención para guardar (que después ha desmentido, con la misma contundencia con la que explicó el despido simulado de Luis Bárcenas).
Son esa "mayoría silenciosa" que no protesta, asegura la secretaria general del PP citando a Nixon.
Es una mayoría tan callada que nunca hemos sabido de ella; en las
estadísticas no aparece. En España hay un 3% de familias que dejan de
pagar la hipoteca y también tenemos un 0% de muertos por no comer, así
que una de dos: o Cospedal miente, o ya es casualidad que absolutamente
todos los hipotecados que pagan sus deudas voten al PP; de hambre no
parecen fallecer.
Por supuesto, nadie duda de la
buena voluntad de los votantes conservadores. Hay de todo, como en
cualquier grupo social de ese tamaño: honestos, esforzados,
trabajadores, pero también corruptos y vagos, probablemente en parecidos
porcentajes a los que existen entre los votantes del PSOE o IU. La
trampa una vez más no está en la estadística sino en la política: en esa
polarización que el PP quiere provocar con un discurso, que
busca dividir a los ciudadanos entre justos y pecadores, hormigas y
cigarras. Un día los que protestan son etarras, al siguiente son nazis y
al otro caraduras que no quieren pagar.
Por desgracia para de Cospedal, la realidad no justifica esa ficción. Las encuestas son rotundas. La mayoría de los españoles confía más en movimientos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca que en los partidos políticos, también los votantes del PP. La mayoría de los ciudadanos pide
a gritos una solución al problema de los desahucios, sean o no sean
votantes del PP. Una solución: no una permanente campaña de
descalificación contra unas víctimas a las que el PP quiere presentar
como verdugos.