La capacidad de manipulación de la cúpula del PP es inagotable. Primero mienten descaradamente. Después, cuando ya no pueden ocultarlo por más tiempo, apuestan decididamente por quienes les surten generosamente sus arcas: las grandes empresas y el sector financiero. Por último, califican de nazis o fascistas a quienes protestan por su descarada política reaccionaria. María Dolores de Cospedal fue la última, de momento, en convertirse en abanderada de la demagogia y la falsedad. Llamar nazis a quienes protestan, ruidosa pero pacíficamente, por la cruel política de apoyo a la banca en los desahucios es ignorar la historia. En primer lugar, los nazis llegaron al poder en marzo de 1933 al obtener casi el 45% de los votos de unas elecciones, es decir, casi el mismo porcentaje que consiguió el PP en diciembre de 2011, el 44, 62%.
El caldo de cultivo que permitió el acceso al poder de Hitler
fueron las largas y dolorosas secuelas de la Gran Depresión económica
de 1929, es decir, una terrible situación de crisis además de un
elemental nacionalismo, una reivindicación de lo que en la
actualidad personajes como cualquier diputado del PP llamaría "la marca Alemania". La política de tierra quemada que
llevó a cabo hasta el desastre total, su obsesiva y terrible eliminación
de judíos, gitanos y, en general, de todo aquel que no encajara con su
concepto de raza aria, es la sublimación de un delirio totalitario,
aceptado y apoyado, mayoritariamente, por el pueblo alemán.
Cuando Cospedal
dice que los antidesahucios son nazis, ¿a qué se refiere? ¿Son los
desahuciados los que controlan el poder y los políticos conservadores
las minorías represaliadas?, ¿poner pegatinas en los portales y gritar
en la calle ante una fuerte presencia policial equivale a los campos de
concentración? El problema, o uno de ellos, de los políticos de derechas
es que no tienen ni idea de lo que significa la lucha
por la vida. Han nacido, se han desarrollado y, probablemente, morirán
en el confort de la clase dirigente, de los caciques, de los vencedores.
No tienen referencias vitales salvo las meriendas en las cafeterias pijas o los
güateques en la casa de la playa y, por lo tanto, miden mal. Creen que
los descamisados son nazis y los ricos, liberales. Y cuando la
realidad les desborda, mienten, deforman la realidad. No son capaces ni
de explicar lo que ellos mismos han provocado, desde la crisis de Bankia
a la cuantificación de las viviendas desahuciadas (dijeron menos de
15.000 el año pasado, y los registradores acaban de decir que fueron
30.000), mienten en las cifras del déficit y mienten en las promesas
electorales.
Los objetivos que pretenden conseguir con esa burda
manipulación son dos: desviar la atención de sus reaccionarias políticas
económica y social, de un lado, y, de otros, criminalizar a las
víctimas. Con ayuda de sus voceros mediáticos, pretenden hacernos creer
que la injusticia no es expulsar de sus casas a quienes no tienen
trabajo sino el dar voces delante de un portal. Y por si todo esto fuera
poco, tenemos que oir en los informativos que la alcaldesa no-electa de
Madrid, la que llegó de rebote, tiene previsto dedicar una calle a Margaret Thatcher explicando las razones desde el analfabetismo más atroz.
Aunque no comparto, la presion o escrache a los dirigentes conservadores, qué vergüenza que los desvergonzados liberales (ahora se llaman así, el facherío de toda la vida) comparen a los manifestantes que le dan la brasa a los políticos con los nazis y la kale borroka.
No se puede "confundir el culo con las témporas". El nazismo fue y es, otra cosa.
