La televisión pública un día recomienda rezar para encontrar trabajo y al otro da consejos a los padres contra las minifaldas de sus hijas
porque “estamos en la época de enseñar todo” y “no hay que mezclar ropa
y sensualidad”. Los españoles viajamos: los jóvenes, a Alemania a por
trabajo; los ricos, a Suiza a dejar la pasta; los científicos, a Estados
Unidos y las mujeres pronto volverán a Londres para abortar. Las
protestas son tan constantes como las cargas policiales; hay quien
pierde un ojo de un tiro al aire porque los manifestantes son gente que
sabe volar. Vuelve el método asambleario, el asociacionismo, la
militancia, los medios de comunicación autogestionados y la
movilización. Y recordamos el nombre de la delegada del Gobierno, un
puesto casi anónimo hasta hoy.
La monarquía está
cuestionada. Los partidos, también. Por primera vez en treinta y cinco
años el nombre del candidato parece más importante que las siglas que
lleve detrás (¿qué siglas políticas había en los 70 con más solera que
el PCE, que fue el gran perdedor de la transición?). La religión vuelve
con fuerza a la escuela, y al útero de la mujer. Los jornaleros ocupan fincas y piden la reforma agraria. Los programas de debate político copan el horario con más espectadores de la televisión y hasta un programa sobre el modelo educativo de Finlandia es capaz de ser líder de audiencia.
Las encuestas enloquecen, y en ellas aparece un país que nadie sabe muy
bien cómo cartografiar. La economía de mercado se pone en cuestión: solo el 47% de los ciudadanos apoya el sistema capitalista. Los partidos dejan de ser imprescindibles para los ciudadanos: un 57% cree que, sin ellos, la democracia podría funcionar. Ni siquiera la propia democracia es ya sagrada: solo es el mejor sistema posible para el 61% de la población.
¿El futuro? A saber. Pero el presente es un pasado imperfecto que se repite una vez más.