23 marzo 2025

Las democracias mueren a plena luz del día

 Las democracias mueren a plena luz del día

Acepto como buenos los dos tipos de democracia: la parlamentaria, que cuenta con un jefe de Estado simbólico y desprovisto de poderes (sea rey o presidente) y un gobierno que surge del Parlamento; y la presidencial, en la que el jefe del Estado dispone de todo el poder ejecutivo y es elegido directamente por los ciudadanos. Ambos pueden funcionar.

 

 Y ambos pueden degenerar fácilmente para convertirse en sistemas autoritarios. Porque la celebración de elecciones periódicas, como sabemos, no garantiza nada. Rusia dice ser una democracia y, ciertamente, los rusos pueden votar a Putin o bien hacerlo por otro candidato al que, por alguna razón, Putin no haya asesinado o encarcelado. También Israel dice ser una democracia, como lo decía la Suráfrica del “apartheid”.

Llevo dos meses viendo la transformación de la democracia estadounidense en un sistema autoritario, bajo la idea de que la democracia, ese complicado mecanismo de reglas y contrapoderes, es incompatible con la auténtica libertad. Parece inútil especificar qué idea tienen de la libertad personajes como Donald Trump o Elon Musk: la libertad del zorro en el gallinero.

Diría que estamos en una fase de destrucción democrática que abarca a todo el planeta. Para demoler un sistema de aspiraciones democráticas bastan tres herramientas: la primera iguala la verdad y la mentira, la segunda equipara al rival político con el enemigo, la tercera difunde la idea de que la nación está en peligro de muerte. Donald Trump utiliza hábilmente las tres herramientas, las redes sociales ayudan mucho, pero no ha inventado nada, ya eran de uso corriente.Tendemos a atribuir la culpa de la decadencia democrática a esas fuerzas heterogéneas y destructivas que llamamos “ultraderecha”. Y hay muchas razones para ello. El problema se puede explicar con una frase atribuida no se a quien: “No discutas nunca con un idiota, te hará descender a su nivel y ahí te vencerá por experiencia”. También podemos recurrir al eterno debate sobre si hay que ser tolerantes con los intolerantes. El caso es que cuando la irracionalidad y la mentira logran introducirse en el debate público, la cosa tiene mal arreglo.

Y los gobiernos empiezan a mentir más de lo habitual. Y los jueces empiezan a ser señalados. Y el malestar con los periodistas mentirosos empieza a extenderse hacia los periodistas que procura no mentir. Y el bulo pasa a ser moneda corriente. Y el rival político se convierte en un enemigo al que hay que abatir. Y, por supuesto, la patria, y la libertad, y la seguridad, y la identidad, están en peligro de muerte. Como todo esto no nos es ajeno, y gracias a Estados Unidos vemos a dónde conduce, deberíamos preocuparnos. Mucho.