Un jubilado de 82 años, que vive en Seattle, se enteró de su propia muerte mientras desayunaba tranquilamente en bata junto a su mujer. Una carta del banco lamentaba su fallecimiento, daba el pésame a su viuda y ya de paso le reclamaba 5.201 dólares en prestaciones sociales, que se le habían abonado al presunto difunto tras su muerte y que, en menos de 12 horas, le retirarían automáticamente de su cuenta. El jubilado estaba vivo, pero para el Estado había dejado de existir.
